La Papisa Juana

LA PAPISA JUANA


Leyenda o Mito?
Qué hay de cierto?

Existe una vieja leyenda medieval que de una u otra forma se recuerda hasta hoy día.

Contaban en Polonia, por ahí por el siglo X, que en un momento sumamente difícil, venían saliendo de una invasión y la peste diezmaba las poblaciones, era tal la pobreza del país que sólo los curas mendicantes y los niños podían, a veces, obtener alguna limosna. En estas condiciones la supervivencia de una mujer pobre, de más de veinte años y de inclinaciones muy religiosas, era altamente improbable. Tal era el caso de Juana, que por ningún motivo quería trabajar como prostituta.

De modo que optó por vestirse con las ropas de un sacerdote muerto por la peste y dedicarse a mendigar así, con más posibilidades de éxito. Pero Juana era una mujer inteligente, y pronto se dio cuenta que obtenían mucho mejor resultado los sacerdotes que predicaban con éxito en las plazas y las iglesias de los pueblos.

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Demás está decir que pronto Juana se transformó en un orador sacro de gran resonancia, hasta el punto que acudían pequeñas peregrinaciones de gentes de pueblos vecinos para escucharla. Los problemas de Juana ya no eran los de la mera supervivencia.

Creció la fama de Juana que no sólo tuvo iglesia propia, sino que al tiempo fue nombrada obispo... y, en la imaginación popular, de obispo a cardenal no hay más que un, paso... y de cardenal a Papa, sólo un poco de suerte.

De modo que ya tenemos a Juana entronizada en Roma. en la salida de los Papas. Este hecho, cuya realidad histórica es absolutamente improbable, se convirtió en una leyenda que con algunas variaciones de nacionalidad y época, fue profusamente relatada durante la Baja Edad Media... y, de una u otra manera, se conserva hasta el día de hoy.

La Papisa Juana

Por supuesto que la leyenda medieval no terminaba con Juana sentada en el trono de los Papas; contaban que durante un tiempo la mujer Papa lo hizo bastante bien y más allá de toda sospecha. Pero, sigue la leyenda, finalmente pasó lo que tenía que pasar: la Papisa, rodeada de hermosos pajes adolescentes, dedicados a su servicio, cayó perdidamente enamorada de uno de ellos. Estos amores tuvieron por resultado el que generalmente tienen, Juana, la Papisa, quedó embarazada.

Al principio pudo ocultar su estado, pero con el correr de los meses se hizo tan evidente, que comenzó a eludir sus apariciones públicas. Es posible que hubiese conseguido mantener el engaño de no mediar una circunstancia desafortunada. Hacía un mes que Juana no aparecía en público, ni siquiera en las ceremonias oficiales, y el pueblo romano comenzaba ya a murmurar, además se aproximaba la fiesta del Corpus Christi y Juana a su vez sentía muy próximo el momento del parto.

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Seis cardenales cargaban el anda, encima Juana, sentada, atravesaba como un navío blanco la muchedumbre que la perseguía tratando de obtener una bendición papal más personal.

Según la leyenda Juana alumbró ahí mismo, en plena procesión, rodeada por el pueblo que gobernaba.

Y éste es el verdadero final de cuento medieval, porque respecto del destino posterior de Juana hay versiones extremadamente contradictorias, según unos fue linchada acto seguido por la muchedumbre, para otros terminó sus días en un convento, aquí cuentan que volvió a la pobreza y tuvo que mendigar con su hijo, allá dicen en cambio que ella y su hijo murieron años más tarde en un castillo papal, donde permanecieron encerrados. Pero este destino final de Juana es lo menos interesante de la leyenda, el nivel arquetípico que ha permanecido vigente hasta nuestros días culmina en. el parto durante la procesión del Corpus.

Algunos comentaristas, muy pocos, pretenden que la, leyenda de la papisa Juana ocurrió en la realidad, para afirmarlo, se basan, por ejemplo, en el hecho de que en los cónclaves para la elección de los papas, desde el medioevo, se haya utilizado la "silla gestatoria", una silla sin asiento, mediante la cual, los cardenales encargados podían cerciorarse del sexo del futuro Papa.

El severo Lannoy dice:

La Papisa JuanaLos eclesiásticos contemporáneos de León IV y Benito III, por un desmedido celo a la religión, no han hablado de esta mujer notable, pero sus sucesores, menos escrupulosos, han descubierto por fin este misterio.» El orgulloso clero romano, los altivos cardenales, no pudiendo tolerar que una mujer les haya gobernado ciñendo la tiara y dando a besar sus pies, han negado su existencia; algunos autores eclesiásticos dicen que Juana fue elevada al pontificado por obra del diablo, otros que por un plan especial del cielo, y mientras unos afirman que la iglesia debe mostrarse humillada, otros sostienen que debe glorificarse como un milagro, que persuadió a los romanos de ser guiados por el Espíritu Santo.

Después de estas ligeras reflexiones, pasemos a reseñar su vida, según la versión del escritor Mariano Escoto:

A principios del siglo X pasaron a Alemania a convertir sajones al cristianismo varios sacerdotes ingleses, entre ellos uno con una hermosa joven que había robado a su familia para ocultar su estado interesante, y que dio a luz en Mayenza una niña que debía llamar la atención del mundo; era Juana, llamada por otros Gilberta, Isabel o Margarita, la que instruida por su padre, alcanzó tales conocimientos que admiraba a los más sabios doctores.

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Llegó la edad del amor, y la ciencia fue impotente; un monje inglés de la abadía de Fulda la declaró su pasión y, vencida de su amor, huyó con él a la abadía, donde penetró bajo el nombre de Juan el inglés y estudió con el sabio Rabán Maur, hasta que partieron a Inglaterra y Francia, donde Juana, cubierta con su traje de hombre, disputó con los más célebres doctores, San Auscario, el fraile Beltrán y el abad Lobo de Ferriere, pasando luego a Atenas, que era entonces el foco de la ilustración; Juana tenía entonces veinte años, y aunque hermosa, la palidez del rostro y el hábito de fraile le dabanel aspecto de un monje joven: allí pasó algunos años, juntando a sus conocimientos universales una elocuencia que admiraba a todos, cuando su amante murió repentinamente y entonces marchó a Roma, haciéndose admitir en la escuela de los griegos para enseñar las artes liberales, causando tal entusiasmo sus arengas e improvisaciones que se le adjudicó el título de príncipe de los sabias.

Nobles, cardenales, sacerdotes, diáconos y frailes se honraban con su amistad, y admirando su pureza y talento formaron un gran partido que la elevó a la silla pontificia a la muerte de León, siendo consagrada por tres obispos en la basílica de San Pedro, ante los enviados del emperador, y en la catedral del Sena consta su retrato con el título de Juan VIII, papa hembra.

Con gran sabiduría ejerció el pontificado, confirió órdenes a prelados, sacerdotes y diáconos; consagró altares, administró el sacramento, dio a besar sus pies a los obispos, compuso varios prefacios para misas que fueron prohibidos luego por sus sucesores, y dirigió tan hábilmente la política de la Iglesia, que el anciano Lotario abrazó por su consejo la vida monástica en la abadía de Prum, recibiendo Luis la corona imperial de manos de Juana.

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Juana, hasta entonces pura, ya sea que la naturaleza la impulsara o que el poder corroe los más bellos sentimientos, eligió un amante, le colmó de honores y se aseguró de su discreción, y fue tanta, que aún no se sabe si era un camarero o un capellán, la mayoría cree que un sacerdote-cardenal de la iglesia de Roma; lo cierto es que la indiscreta naturaleza la dejó encinta y que en una procesión de rogaciones, yendo a caballo, revestida de los ornamentos pontificales, al llegar cerca de la basílica de San Clemente los dolores de parto fueron tan grandes, que soltó las riendas y cayó del caballo lanzando horribles gritos, hasta que, destrozadas las sagradas vestiduras, dio a luz un niño, en medio de una confusión horrible y de las amenazas del clero, sucumbiendo allí la desdichada al dolor y la vergüenza, con un adiós al sacerdote-cardenal que la sostenía, volando su alma al cielo, después de dos años de pontificado. Allí mismo la enterraron con su hijo, que fue ahogado por los sacerdotes y se levantó sobre su tumba una capilla con una estatua de mármol de la papisa, revestida de los hábitos sacerdotales y un niño en los brazos, que fue destruida por Benito III, pero cuyas ruinas aún se veían en el siglo XV.

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El clero, indignado, inventó la prueba de la silla horadada, en la que se sentaba el Papa medio tendido, con las piernas separadas y los hábitos entreabiertos para mostrar su virilidad; dos diáconos se aseguraban por la vista y el tacto, y gritaban: Ya tenemos Papa. Todos se prosternaban al Deo granja, le ceñían el cinturón, le besaban los pies y celebraban un gran festín; esta prueba ridícula duró hasta León X.

En la verdad histórica, parece que nunca hubo una mujer Papa... pero el temor existía. Es probable que ese temor haya dado origen a la leyenda.

El cuento de la Papisa Juana provocó poderosamente la imaginería medieval, transformándose en un equivalente a lo que es un personaje de tira cómica para nuestra sociedad.

El arquetipo de la mujer disfrazada de hombre se repitió en innumerables obras literarias, antes y después de la leyenda referida. Sólo para mencionar los relatos posteriores recordemos que Shakespeare, Calderón de la Barca, Lope de Vega y muchos otros autores trataron el tema de la mujer vestida de hombre, capaz de engañar hasta a los más sagaces.

En una época más moderna, la idea fue repetida incluso en la literatura juvenil, como lo hace Emilio Salgari en su famoso "Capitán Tormenta", héroe de la batalla de Lepanto que resulta también ser mujer. Asimismo, el cine, la televisión y el teatro contemporáneo han utilizado en innumerables oportunidades este arquetipo, pero es probable que ninguno de ellos tenga más fuerza que la leyenda de la mujer Papa.

La Papisa Juana

La papisa llegó a ser un tema tan trascendente para la mentalidad medieval que en los alrededores del siglo XI fue incluida en el diseño del primer naipe que se dibujó en el mundo, el famosísimo Tarot. El naipe Tarot llamado de Marsella, que es el único diseñado auténticamente en el medioevo, incluye entre sus arcanos mayores el N° 2: la Papisa.

Evidentemente, en un diseño del siglo XI, cualquier mención a la Papisa, sólo podía aludir a la Papisa Juana. De modo que tal vez revisando la simbología de este arcano, será más fácil interpretar el arquetipo que ha subsistido hasta nuestros días bajo el titulo de la leyenda: "la papisa Juana".

En su numeración, el Tarot es de origen pitagórico. Recordemos que dicha escuela interpretaba los números no sólo como objetos matemáticos, también los veían como entidades teológicas.

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Así, en la interpretación tradicional de las cartas del Tarot, bajo el primer arcano, El Prestidigitador, el "mago" de la feria medieval, ese que saca cosas de la nada, se oculta el sentido teológico del número uno. Uno es el principio de todo, es el que saca de la nada todos los otros números que no son más que repeticiones sucesivas de este primer número, el uno, que por lo tanto, está contenido en todos los otros.

A la imagen de la Papisa Juana le correspondió ilustrar el sentido pitagórico del número dos. Kabir, el gran poeta místico, decía: "Ve sólo Uno en todas las cosas, es el dos el que te descarría". Dos es dos veces uno, dos es uno jugando a las escondidas consigo mismo, uno detrás de otro.

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Dos esconde al uno, dos separa al uno, crea lo que es distinto de uno; y esta distinción es confusa: Se supone que el Tarot es una descripción del camino místico de la vida, y en este camino, el número dos corresponde a esa etapa confusa de la percepción, en la cual el sentido de la unidad de todo lo creado se esconde tras la apariencia de las formas distintas.

Por eso, para la escuela pitagórica, el dos es femenino... ¿acaso la mujer no se divide en dos al parir?

Toda esta disquisición filosófica se escondía para los medievales y se esconde hasta hoy detrás de la leyenda de la Papisa Juana, queriendo definir un estado del alma humana, ese estado ignorante de la unidad en que el alma se siente sola y separada, rodeada de un mundo hostil. En ese estado, el alma oculta un profundo temor a lo que es distinto de sí misma. Es "la noche oscura del alma", cuando olvida que el uno subyace bajo el dos... y que éste tampoco es un estado permanente, porque después del dos viene el tres.