Reflexiones
La Sopa de Piedras
por Padre Tomás Del Valle-Reyes
Fue hacia el atardecer cuando Tony apareció por la entrada del pueblo.
Las empinadas calles estaban llenas de cascotes y de vehÃculos destripados. Los últimos combates de la guerra recién terminada se habÃan llevado a cabo no muy lejos de allÃ. Era un pequeño pueblo cerca de la lÃnea del frente. Renqueaba de una pierna. Su uniforme, aunque sucio y polvoriento, mostraba bien a las claras que era del ejército que habÃa invadido la zona y que habÃa teñido de sangre y lágrimas el lugar. El era un simple soldado que fue movilizado al final, cuando ya no quedaban hombres para combatir. VenÃa cansado, malherido y con hambre de varios dÃas.
Se acercó a la puerta de lo que fue vivienda del alcalde suplicando un poco de agua y de pan. De mala manera lo echaron de allÃ. Luego se acercó al templo parroquial. Pensó que quizás el sacerdote le dejarÃa descansar y algo habrÃa para echarse a la boca. Con gesto serio y malhumorado lo despidió el religioso no sin antes recriminarle por la masacre que su ejército habÃa hecho. Sus esfuerzos por encontrar algo para comer y un sitio para descansar eran inútiles. Todos le recriminaban por haber combatido contra ellos.
Estaba sentado en la fuente seca de la plaza del pueblo cuando empezaron a salir muchachos y muchachas que le rodearon. Al principio con temor. VestÃa el uniforme de los soldados de las fuerzas de ocupación. Cuando vieron lo indefenso que estaba, primero comenzaron a burlarse. Después a patearle y tirarle piedras, con lo cual tuvo que huir hacia la orilla del rÃo.
Después de saciar un poco su sed y lavarse un poco las heridas, empezó a buscar una lata grande donde hervir agua. Mark, Vivian, Jonny y dos amigos más que lo habÃan seguido en la distancia, se pusieron a observar lo que hacÃa aquel extraño individuo. Después de mucho rebuscar encontró finalmente un gran recipiente que habÃa servido para guardar balas. Después recogió un poco de leña y papel e hizo una hoguera. Llenó hasta la mitad con agua el recipiente y lo puso encima de la hoguera que habÃa preparado. Los muchachos, a los que se habÃan unido algunos más, observaban con curiosidad. Cuando el agua empezó a hervir vieron que aquel soldado empezaba a echar piedras dentro del agua. Eran unas piedras redondas, no muy grandes, pero escogidas con esmero de las muchas que habÃa en el rÃo. De vez en cuando metÃa un palo en el agua y, sacándolo mojado, lo probaba y suspiraba. Aquello hizo que los muchachos se mostraran interesados, Y poco a poco, sigilosamente, se fueron acercando. El soldado los habÃa visto hacÃa tiempo, pero los ignoraba.
A los pocos minutos Mark, el más decidido del grupo, llamó al soldado. Este se hizo el distraÃdo. Después de varios intentos, el soldado finalmente le preguntó que qué querÃa. Envalentonándose Mark preguntó que qué tenia dentro de aquel latón y que hacÃa. El soldado simplemente le respondió que estaba haciendo una sopa de piedras. ¿Sopa de qué? Eso dejó desconcertados a los muchachos. Entonces uno de ellos, Jonny, le preguntó si le dejaba probarla. El soldado le dijo que esperara, que no estaba del todo lista. Además, estaba sosa. No habÃa conseguido sal para echarla. Vivian se acordó que en su casa habÃa un pote grande de sal. Le dijo que si podÃa ir a buscarla. El le contestó que si lo deseaba, que lo hiciera, pero que se apurara que ya estaba hirviendo la sopa. Cuando vino con la sal, el soldado la echó en la sopa. Huuuuuuum ahora si tiene sabor. Si bien es verdad que si tuviera un poquito de salsa de tomate, se amortiguarÃa un poco la acidez de la piedra.
Fue entonces cuando otro de los muchachos dijo: yo sé donde hay tomates, en la huerta de mi vecino, que hace meses que no los recoge y se están pudriendo. Y corriendo fue a buscar. Una vez echada la sal y el tomate, ya el agua empezaba a tomar otro color.
El soldado seguÃa dando vueltas a la sopa. De vez en cuando la probaba y hacia gestos de admiración. Alababa su guiso, pero siempre le encontraba un pero. Si tuviera un hueso de buey, le darÃa sabor, o un cuarto de gallina. Entonces los muchachos se dispersaron. A los pocos minutos volvieron, Uno traÃa una gallina ya lista para guisar. El otro unas papas. La otra unos vegetales, Todo eso iba cayendo en la improvisada olla de la sopa de piedras. Entre todos trajeron los ingredientes para hacer un gran cocido para satisfacer el hambre de aquellos pobres muchachos y de sus padres. Al olor y el bullicio empezaron a aparecer los adultos del pueblo. Alguno estaba furioso, como el párroco del pueblo, porque la juventud se estaba juntando con aquel degenerado soldado que les habÃa combatido. Otros recelaban y temÃan que los jóvenes fueran a formar un lÃo. La mayorÃa silenciosa, miraba y observaba. Cuando todos los ingredientes que los muchachos habÃan llevado estuvieron cocinados, se sentaron junto al rÃo para degustar la sopa de piedras que el soldado rechazado por los adultos habÃa preparado. Los platos los buscaron también los muchachos. Uno de ellos vivÃa junto al hotel del pueblo y sabÃa cómo conseguirlos. Los adultos se acercaron con cara de sorpresa y de hambre. Al observarlo el soldado, pidió a los muchachos que le dejaran un sitio a los mayores para que también ellos probaran la sopa de piedras.
De esa manera, aquel que fue rechazado, apaleado y apedreado les dio de comer y les enseñó que nunca debemos despreciar a nadie por su apariencia. Quizás de las piedras saque algo para saciar nuestra hambre.