Nuevo Testamento
Introducción a los Santos Evangelios
La Iglesia Católica reconoce dos fuentes de doctrina revelada: la Biblia y la Tradición. Al presentar aquà en parte una de esas fuentes, hemos procurado, en efecto, que el comentario no sólo ponga cada pasaje en relación con la Biblia misma —mostrando que ella es un mundo de armonÃa sobrenatural entre sus más diversas partes—, sino también brinde al lector, junto a la cosecha de autorizados estudiosos modernos, el contenido de esa tradición en documentos pontificios, sentencias y opiniones tomadas de la PatrÃstica e ilustraciones de la Liturgia, que muestran la aplicación y trascendencia que en ella han tenido y tienen muchos textos de la Revelación.
El grande y casi dirÃa insospechado interés que esto despierta en las almas, está explicado en las palabras con que el Cardenal Arzobispo de Viena prologa una edición de los Salmos semejante a ésta en sus propósitos, señalando "en los cÃrculos del laicado, y aun entre los jóvenes, un deseo de conocer la fe en su fuente y de vivir de la fuerza de esta fuente por el contacto directo con ella". Por eso, añade, "se ha creado un interés vital por la Sagrada Escritura, ante todo por el Nuevo Testamento, pero también por el Antiguo, y el movimiento bÃblico católico se ha hecho como un rÃo incontenible".
Es que, como ha dicho PÃo XII, Dios no es una verdad que haya de encerrarse en el templo, sino la verdad que debe iluminarnos y servirnos de guÃa en todas las circunstancias de la vida. No ciertamente para ponerlo al servicio de lo material y terreno, como si Cristo fuese un pensador a la manera de los otros, venido para ocuparse de cosas temporales o dar normas de prosperidad mundana, sino, precisamente al revés, para no perder de vista lo sobrenatural en medio de "este siglo malo" (Gál., 1, 4); lo cual no le impide por cierto al Padre dar por añadidura cuantas prosperidades nos convengan, sea en el orden individual o en el colectivo, a los que antes que eso busquen vida eterna.
Un escritor francés refiere en forma impresionante la lucha que en su infancia conmovÃa su espÃritu cada vez que veÃa el libro titulado Santa Biblia y recordaba las prevenciones que se le habÃan hecho acerca de la lectura de ese libro, ora por difÃcil e impenetrable, ora por peligroso o heterodoxo. "Yo recuerdo, dice, ese drama espiritual contradictorio de quien, al ver una cosa santa, siente que debe buscarla, y por otra parte abriga un temor indefinido y misterioso de algún mal espÃritu escondido allÃ... Era para mà como si ese libro hubiera sido escrito a un tiempo por el diablo y por Dios. Y aunque esa impresión infantil —que veo es general en casos como el mÃo— se producÃa en la subconsciencia, ha sido tan intensa mi desolante duda, que sólo en la madurez de mi vida un largo contacto con la Palabra de Dios ha podido destruir este monstruoso escándalo que produce el sembrar en la niñez el miedo de nuestro Padre celestial y de su Palabra vivificante".
La meditación, sin palabras de Dios que le den sustancia sobrenatural, se convierte en simple reflexión —autocrÃtica en que el juez es tan falible como el reo— cuando no termina por derivarse al terreno de la imaginación, cayendo en pura cavilación o devaneo. MarÃa guardaba las Palabras repasándolas en su corazón (Lc., 2, 19 y 51): he aquà la mejor definición de lo que es meditar. Y entonces, lejos de ser una divagación propia, es un estudio, una noción, una contemplación que nos une a Dios por su Palabra, que es el Verbo, que es Jesús mismo, la SabidurÃa con la cual nos vienen todos los bienes (Sab., 7, 11).
Quien esto hace, pasa con la Biblia las horas más felices e intensas de su vida. Entonces entiende cómo puede hablarse de meditar dÃa y noche (Salmo, 1, 2) y de orar siempre (Lc., 18, 1), sin cesar (1 Tes., 5, 17); porque en cuanto él permanece en la Palabra, las palabras de Dios comienzan a permanecer en él —que es lo que Jesús quiere para darnos cuanto le pidamos (Juan, 15, 7) y para que conquistemos la libertad del espÃritu (Juan, 8, 31)— y no permanecer de cualquier modo, sino con opulencia, según la bella expresión de San Pablo (Col. , 3, 16). Asà van esas palabras vivientes (I Pedro, 1, 23, texto griego) formando el substrato de nuestra personalidad, de modo tal que, a fuerza de admirarlas cada dÃa más, concluimos por no saber pensar sin ellas y encontramos harto pobres las verdades relativas —si es que no son mentiras humanas que se disfrazan de verdad y virtud, como los sepulcros blanqueados (Mt., 23, 27)-. Entonces, asà como hay una aristocracia del pensamiento y del arte en el hombre de formación
clásica, habituado a lo superior en lo intelectual o estético, asà también en lo espiritual se forma el gusto de lo auténticamente sobrenatural y divino, como lo muestra Santa Teresa de Lisieux al confesar que cuando descubrió el Evangelio, los demás libros ya no le decÃan nada. ¿No es éste, acaso, uno de los privilegios que promete Jesús en el texto antes citado, diciendo que la verdad nos hará libres? Se ha recordado recientemente la frase del Cardenal Mercier, antes lector insaciable: "No soporto otra lectura que los Evangelios y las EpÃstolas".
Y aquÃ, para entrar de lleno a comprender la importancia de conocer el Nuevo Testamento, tenemos que empezar por hacernos a nosotros mismos una confesión muy Ãntima: a todos nos parece raro Jesús. Nunca hemos llegado a confesarnos esto, porque, por un cierto temor instintivo, no nos hemos atrevido siquiera a plantearnos semejante cuestión. Pero Él mismo nos anima a hacerlo cuando dice: "Dichoso el que no se escandalizare de MÃ" (Mt., 11, 6; Lc., 7, 23), con lo cual se anticipa a declarar que, habiendo sido Él anunciado como piedra de escándalo (Is., 8, 14 y 28, 16; Rom. 9, 33; Mt., 21, 42-44), lo natural en nosotros, hombres caÃdos, es escandalizarnos de Él como lo hicieron sus discÃpulos todos, según Él lo habÃa anunciado (Mt., 26, 31 y 56). Entrados, pues, en este cómodo terreno de Ãntima desnudez —podrÃamos decir de psicoanálisis sobrenatural— en la presencia "del Padre que ve en lo secreto" (Mt. 6, 6), podemos aclararnos a nosotros mismos ese punto tan importante para nuestro interés, con la alegrÃa nueva de saber que Jesús no se sorprende ni se incomoda de que lo encontremos raro, pues Él sabe bien lo que hay dentro de cada hombre (Juan, 2, 24-25). Lo sorprendente serÃa que no lo hallásemos raro, y podemos afirmar que nadie se libra de comenzar por esa impresión, pues, como antes decÃamos, San Pablo nos revela que ningún hombre simplemente natural ("psÃquico", dice él) percibe las cosas que son del EspÃritu de Dios (I Cor., 2, 14). Para esto es necesario "nacer de nuevo", es decir, "renacer de lo alto", y tal es la obra que hace en nosotros —no en los más sabios sino al contrario en los más pequeños (Lc., 10, 21)— el EspÃritu, mediante el cual podemos "escrutar hasta las profundidades de Dios" (I Cor., 2, 10).
Jesús nos parece raro y paradójico en muchÃsimos pasajes del Evangelio, empezando por el que acabamos de citar sobre la comprensión que tienen los pequeños más que los sabios. Él dice también que la parte de Marta, que se movÃa mucho, vale menos que la de MarÃa que estaba sentada escuchándolo; que ama menos aquel a quien menos hay que perdonarle (Lc., 7, 47); que (quizá por esto) al obrero de la última hora se le pagó antes que al de la primera (Mt., 20, 8); y, en fin, para no ser prolijo, recordemos que Él proclama de un modo general que lo que es altamente estimado entre los hombres es despreciable a los ojos de Dios (Lc., 16, 15).
Esta impresión nuestra sobre Jesús es harto explicable. No porque Él sea raro en sÃ, sino porque lo somos nosotros a causa de nuestra naturaleza degenerada por la caÃda original. Él pertenece a una normalidad, a una realidad absoluta, que es la única normal, pero que a nosotros nos parece todo lo contrario porque, como vimos en el recordado texto de San Pablo, no podemos comprenderlo naturalmente. "Yo soy de arriba y vosotros sois de abajo", dice el mismo Jesús (Juan, 8, 23), y nos pasa lo que a los nictálopes que, como el murciélago, ven en la oscuridad y se ciegan en la luz.
Hecha asà esta palmaria confesión, todo se aclara y facilita. Porque entonces reconocemos sin esfuerzo que el conocimiento que tenÃamos de Jesús no era vivido, propio, Ãntimo, sino de oÃdas y a través de libros o definiciones más o menos generales y sintéticas, más o menos ersatz; no era ese conocimiento personal que sólo resulta de una relación directa. Y es evidente que nadie se enamora ni cobra amistad o afecto a otro por lo que le digan de él, sino cuando lo ha tratado personalmente, es decir, cuando lo ha oÃdo hablar. El mismo Evangelio se encarga de hacernos notar esto en forma llamativa en el episodio de la Samaritana. Cuando la mujer, iluminada por Jesús, fue a contar que habÃa hallado a un hombre extraordinario, los de aquel pueblo acudieron a escuchar a Jesús y le rogaron que se quedase con ellos. Y una vez que hubieron oÃdo sus palabras durante dos dÃas, ellos dijeron a la mujer: "Ya no creemos a causa de tus palabras: nosotros mismos lo hemos oÃdo y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo" (Juan, 4, 42).
¿PodrÃa expresarse con mayor elocuencia que lo hace aquà el mismo Libro divino, lo que significa escuchar las Palabras de Jesús para darnos el conocimiento directo de su adorable Persona y descubrirnos ese sello de verdad inconfundible (Juan, 3, 19; 17, 17) que arrebata a todo el que lo escucha sin hipocresÃa, como Él mismo lo dice en Juan, 7, 17?
El que asà empiece a estudiar a Jesús en el Evangelio, dejará cada vez más de encontrarlo raro. Entonces experimentará, no sin sorpresa grande y creciente, lo que es creer en Él con fe viva, como aquellos samaritanos. Entonces querrá conocerlo más y mejor y buscará los demás Libros del Nuevo Testamento y los Salmos y los Profetas y la Biblia entera, para ver cómo en toda ella el EspÃritu Santo nos lleva y nos hace admirar a Jesucristo como Maestro y Salvador, enviado del Padre y Centro de las divinas Escrituras, en Quien habrán de unirse todos los misterios revelados (Juan 12, 32) y todo lo creado en el cielo y en la tierra (Ef., 1, 10). Es, como vemos, cuestión de hacer un descubrimiento propio. Un fenómeno de experiencia y de admiración. Todos cuantos han hecho ese descubrimiento, como dice Dom Galliard, declaran que tal fue el más dichoso y grande de sus pasos en la vida. Dichosos también los que podamos, como la Samaritana, contribuir por el favor de Dios a que nuestros hermanos reciban tan incomparable bien.
El amor lee entre lÃneas. Imaginemos que un extraño vio en una carta ajena este párrafo: "Cuida tu salud, porque si no, voy a castigarte". El extraño puso los ojos en la idea de este castigo y halló dura la carta. Mas vino luego el destinatario de ella, que era el hijo a quien su padre le escribÃa, y al leer esa amenaza de castigarle si no se cuidaba, se puso a llorar de ternura viendo que el alma de aquella carta no era la amenaza sino el amor siempre despierto que le tenÃa su padre, pues si le hubiera sido indiferente no tendrÃa ese deseo apasionado de que estuviera bien de salud.
Nuestras notas y comentarios, después de dar la exégesis necesaria para la inteligencia de los pasajes en el cuadro general de la Escritura —como hizo Felipe con el ministro de la reina pagana (Hech., 8, 30 s. y nota)— se proponen ayudar a que descubramos (usando la visión de aquel hijo que se sabe amado y no la desconfianza del extraño) los esplendores del espÃritu que a veces están como tesoros escondidos en la letra. San Pablo, el más completo ejemplar en esa tarea apostólica, decÃa, confiando en el fruto, estas palabras que todo apóstol ha de hacer suyas: "Tal confianza para con Dios la tenemos en Cristo; no porque seamos capaces por nosotros mismos... sino que nuestra capacidad viene de Dios..., pues la letra mata, mas el espÃritu da vida" (II Cor., 3, 4-6).
La bondad del divino Padre nos ha mostrado por experiencia a muchas almas que asà se han acercado a Él mediante la miel escondida en su Palabra y que, adquiriendo la inteligencia de la Biblia, han gustado el sabor de la SabidurÃa que es Jesús (Sab., 7, 26; Prov., 8, 22; Ecli., 1, 1), y hallan cada dÃa tesoros de paz, de felicidad y de consuelo en este monumento —el único eterno (Salmo 118, 89)— de un amor compasivo e infinito (cf. Salmo 102, 13; Ef., 2, 4 y notas).
Para ello sólo se pide atención, pues claro está que el que no lee no puede saber. Como cebo para esta curiosidad perseverante, se nos brindan aquà todos los misterios del tiempo y de la eternidad. ¿Hay algún libro mágico que pretenda lo mismo?
Sólo quedarán excluidos de este banquete los que fuesen tan sabios que no necesitasen aprender; tan buenos, que no necesitasen mejorarse; tan fuertes, que no necesitasen protección. Por eso los fariseos se apartaron de Cristo, que buscaba a los pecadores. ¿Cómo iban ellos a contarse entre las "ovejas perdidas"? Por eso el Padre resolvió descubrir a los insignificantes esos misterios que los importantes —asà se creÃan ellos— no quisieron aprender (Mt. 11, 25). Y asà llenó de bienes a los hambrientos de luz y dejó vacÃos a aquellos "ricos" (Lc. 1, 53). Por eso se llamó a los lisiados al banquete que los normales habÃan desairado (Lc., 14, 15-24). Y la SabidurÃa, desde lo alto de su torre, mandó su pregón diciendo: "El que sea pequeño que venga a MÃ". Y a los que no tienen juicio les dijo: "Venid a comer de mi pan y a beber el vino que os tengo preparado" (Prov., 9, 3-5).
Dios es asÃ; ama con predilección fortÃsima a los que son pequeños, humildes, vÃctimas de la injusticia, como fue Jesús: y entonces se explica que a éstos, que perdonan sin vengarse y aman a los enemigos, Él les perdone todo y los haga privilegiados. Dios es asÃ; inútil tratar de que Él se ajuste a los conceptos y normas que nos hemos formado, aunque nos parezcan lógicos, porque en el orden sobrenatural Él no admite que nadie sepa nada si no lo ha enseñado Él (Juan, 6, 45; Hebr., 1, 1 s.). Dios es asÃ; y por eso el mensaje que Él nos manda por su Hijo Jesucristo en el Evangelio nos parece paradójico. Pero Él es asÃ; y hay que tomarlo como es, o buscarse otro Dios, pero no creer que Él va a modificarse según nuestro modo de juzgar. De ahà que, como le decÃa San AgustÃn a San Jerónimo, la actitud de un hombre recto está en creerle a Dios por su sola Palabra, y no creer a hombre alguno sin averiguarlo. Porque los hombres, como dice Hello, hablan siempre por interés o teniendo presente alguna conveniencia o prudencia humana que los hace medir el efecto que sus palabras han de producir; en tanto que Dios, habla para enseñar la verdad desnuda, purÃsima, santa, sin desviarse un ápice por consideración alguna. Recuérdese que asà hablaba Jesús, y por eso lo condenaron, según lo dijo Él mismo. (Véase Juan 8, 37, 38, 40, 43, 45, 46 y 47; Mt., 7, 29, etc.). "Me atreverÃa a apostar —dice un mÃstico— que cuando Dios nos muestre sin velo todos los misterios de las divinas Escrituras, descubriremos que si habÃa palabras que no habÃamos entendido era simplemente porque no fuimos capaces de creer sin dudar en el amor sin lÃmites que Dios nos tiene y de sacar las consecuencias que de ellos se deducÃan, como lo habrÃa hecho un niño".
Vengamos, pues, a buscarlo en este mágico "receptor" divino donde, para escuchar su voz, no tenemos más que abrir como llave del dial la tapa del Libro eterno. Y digámosle luego, como le decÃa un alma creyente: "¡Maravilloso campeón de los pobres afligidos y más maravilloso campeón de los pobres en el espÃritu, de los que no tenemos virtudes, de los que sabemos la corrupción de nuestra naturaleza y vivimos sintiendo nuestra incapacidad, temblando ante la idea de tener que entrar, como agrada a los fariseos que Tú nos denunciaste, en el "viscoso terreno promesas que luego no sabrÃa cumplir, y te contentas con que yo te dé en esa forma el corazón, reconociendo que soy la nada y Tú eres el todo, creyendo y confiando en tu amor y en tu bondad hacia mÃ, y entregándome a escucharte y a seguirte en el camino de las alabanzas al Padre y del sincero amor a mis hermanos, perdonándolos y sirviéndolos como Tú me perdonas y me sirves a mÃ, ¡oh, Amor santÃsimo!".
Otra de las cosas que llaman la atención al que no está familiarizado con el Nuevo Testamento es la notable frecuencia con que, tanto los Evangelios como las EpÃstolas y el Apocalipsis, hablan de la ParusÃa o segunda venida del Señor, ese acontecimiento final y definitivo, que puede llegar en cualquier momento, y que "vendrá como un ladrón", más de improviso que la propia muerte (1 Tes., 5), presentándolo como una fuerza extraordinaria para mantenernos con la mirada vuelta hacia lo sobrenatural, tanto por el saludable temor con que hemos de vigilar nuestra conducta en todo instante, ante la eventual sorpresa de ver llegar al supremo Juez (Marc., 13, 33 ss.; Lc., 12, 35 ss.), cuanto por la amorosa esperanza de ver a Aquel que nos amó y se entregó por nosotros (Gál., 2, 20); que traerá con Él su galardón (Apoc. , 22, 12); que nos transformará a semejanza de Él mismo (Filip., 3, 20 s.) Y nos llamará a su encuentro en los aires (1 Tes., 4, 16 s.) y cuya glorificación quedará consumada a la vista de todos los hombres (Mt., 26, 64; Apoc. 1, 7), junto con la nuestra (Col., 3, 4). ¿Por qué tanta insistencia en ese tema que hoy casi hemos olvidado? Es que San Juan nos dice que el que vive en esa esperanza se santifica como Él (1 Juan, 3, 3), y nos enseña que la plenitud del amor consiste en la confianza con que esperamos ese dÃa (1 Juan, 4, 17). De ahà que los comentadores atribuyan especialmente la santidad de la primitiva Iglesia a esa presentación del futuro que "mantenÃa la cristiandad anhelante, y lo maravilloso es que muchas generaciones cristianas después de la del 95 (la del Apocalipsis) han vivido, merced a la vieja profecÃa, las mismas esperanzas y la misma seguridad: el reino está siempre en el horizonte" (Pirot).
No queremos terminar sin dejar aquà un recuerdo agradecido al que fue nuestro primero y querido mentor, instrumento de los favores del divino Padre: Monseñor doctor Paul W. von Keppler, Obispo de Rotenburgo, pÃo exegeta y sabio profesor de Tubinga y Friburgo, que nos guió en el estudio de las Sagradas Escrituras. De él recibimos, durante muchos años, el estÃmulo de nuestra temprana vocación bÃblica con el creciente amor a la divina Palabra y la orientación a buscar en ella, por encima de todo, el tesoro escondido de la sabidurÃa sobrenatural. A él pertenecen estas palabras, ya célebres, que hacemos nuestras de todo corazón y que caben aquÃ, más que en ninguna otra parte, como la mejor introducción o "aperitivo" a la lectura del Nuevo Testamento que él enseñó fervorosamente, tanto en la cátedra, desde la edad de 31 años, como en toda su vida, en la predicación, en la conversación Ãntima, en los libros, en la literatura y en las artes, entre las cuales él ponÃa una como previa a todas: "el arte de la alegrÃa".
"PodrÃa escribirse, dice, una teologÃa de la alegrÃa. No faltarÃa ciertamente material, pero el capÃtulo más fundamental y más interesante serÃa el bÃblico. Basta tomar un libro de concordancia o Ãndice de la Biblia para ver la importancia que en ella tiene la alegrÃa: los nombres bÃblicos que significan alegrÃa se repiten miles y miles de veces. Y ello es muy de considerar en un libro que nunca emplea palabras vanas e innecesarias. Y asà la Sagrada Escritura se nos convierte en un paraÃso de delicias (Gén., 3, 23) en el que podremos encontrar la alegrÃa cuando la hayamos buscado inútilmente en el mundo o cuando la hayamos perdido". de los méritos propios"! Tú, que viniste para pecadores y no para justos, para enfermos y no para sanos, no tienes asco de mi debilidad, de mi impotencia, de mi incapacidad para hacerte